Caras, máscaras y cubrebocas

El cubrebocas nos obliga a perfeccionar la amabilidad sin boca, la elegancia sin nariz y la galanura sin barbilla, pero aún nos queda un resquicio para demostrar la humanidad.

El cubrebocas crea un nuevo mundo. Ya hay todo un código de signos.

Los jóvenes que antes se dejaban caer el pantalón por debajo de la cintura, se dejan ahora caer el cubre bocas por debajo de la barbilla para gritar aquí estoy yo.

A algunas personas les sienta tan bien como a la reina de Saba, pero a otros les da un aspecto similar al de Hannibal Lecter. Lo mejor de todo ha sido reconciliarse con la sabiduría arábiga, que lleva años insistiendo en que es más seductor taparse que descubrirse. Mostrar tan solo los ojos permiten un juego idealizante por el cual cuando llega el momento de quitarse el cubre bocas equivale a despojarse de ropa interior de hace unos meses.

Podría pasar que al final el cubre bocas sea nuestra sinceridad, ahora que todo era retoque y cosmética.

El cubre bocas es el icono de 2020 y a ella se aferra nuestra esperanza de sobrevivir hasta llegar a ver que algún día todo vuelve a ser como antes.

 En el entretiempo tendremos que acertar a identificar los nuevos signos.

 Lo más urgente es aprender a sonreír con la mirada, pues la sociedad necesita de la simpatía.

No podemos aguantar ni un día más con esas huidizas ojeadas torvas que nos lanzamos por la calle, como si el otro fuera siempre más contagioso que tú. Tampoco se aguanta no saludar en los comercios ni en las filas de espera como si el cubre bocas obligara a mantener la boca cerrada.

En nuestros días de desconfianza y ombliguismo, la peor enfermedad en la que podemos caer es la del desafecto entre desconocidos.

El cubrebocas nos obliga a perfeccionar la amabilidad sin boca, la elegancia sin nariz y la galanura sin barbilla, pero aún nos queda un resquicio para demostrar la humanidad.