Nelson Mandela, impecable

La fotografía es icónica. El día de la excarcelación de Nelson Mandela, él y su esposa Winnie con los puños en alto, triunfales.

El revolucionario, que 27 años de cárcel convirtieron en un anciano tranquilo de pelo blanco, y Winnie, dos décadas más joven que él, a quien esos mismos años convirtieron en la líder del movimiento de los negros; “la madre de la nación negra” se le llamaba.

Al parecer una pareja victoriosa y destinada a dirigir unida el rumbo de su país, un país recién dispuesto a romper el apartheid y emprender un destino más justo y sereno.

En realidad, una pareja que ya no empalmaba. Aquellos arduos 27 años de cárcel de Nelson los habían llevado por caminos divergentes.

A Nelson la prisión lo había suavizado y se había pulido un nuevo rostro. Había aprendido el afrikaans y había ido enhebrando una narrativa de reconciliación entre blancos y negros.

En contraste, fuera de la cárcel, Winnie se había radicalizado. Se había transformado en la jefa de una banda de guerrilleros y en el rostro visible de la revuelta bronca de los estudiantes negros urbanos.

Además, algo tremendo había anidado en su corazón. Durante el año en que vivió encerrada en una celda de confinamiento solitario, había aprendido “a odiar con fiereza”. Palabras escritas por la propia Winnie.

La ruptura formal ocurrió cuando Nelson ya gobernaba y ella era su viceministra de Artes y Cultura.

Winnie fue acusada ante la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de ser la autora intelectual de dos asesinatos. Según varios testigos, Winnie había ordenado la ejecución del activista anti-apartheid Stompie Moeketsie, porque era un soplón. Le colocaron una llanta llena de gasolina al cuello y le prendieron fuego.

El otro asesinato derivó del primero. Winnie había ordenado que su médico personal, Abu Baker Asvat, fuera acribillado en su consultorio, porque se había negado a redactar un certificado de muerte falso para Stompie.

El tribunal titubeó al dictarle sentencia a Winnie. Le impuso apenas una multa. Pero fue entonces que el Presidente Mandela le pidió el divorcio.

En la película sobre la vida de Nelson cuyo guión Winnie aprobó, la escena del divorcio es una lección de ética.

Durante una gira de trabajo, Nelson y Winnie se reúnen a solas en un hangar vacío. Él le dice comprender sus actos brutales, cometidos en un mundo pasado. Winnie era entonces la Mummy de la guerrilla negra urbana, el país era un campo de batalla, el gobierno de los blancos ejercía oficialmente la crueldad.

Luego, Nelson le asegura que aún la ama. El antiguo amor que los unió como pareja ha sido fortalecido por el agradecimiento.

Y por fin Nelson baja la mirada y usa la palabra “impecable”.

Como líder del país debe ser impecable, explica. No se trata de una exigencia idealista, sino práctica. No puede pedir a sus funcionarios que sean ejemplares si él no lo es. Ni puede pedir que sus opositores golpistas sean enjuiciados por una Ley que él no aplica a sus propios seres amados. Eso sería aplicar con injusticia la justicia.

Nelson ha de ser lo que pretende ser: una cifra clara y fácil de leer, no ambigua ni polémica. Y para ello, Winnie debe irse de su lado y de su gobierno.

Winnie le contesta una sola palabra, “ingrato”, y se va, dejándolo solo.

La Historia habría de darle la razón a Nelson Mandela. Fue su narrativa de la reconciliación y su ejemplar sujeción a la Ley lo que permitió que su país se transformara en una Democracia de forma pacífica, mientras en varios de los países vecinos las transiciones derivaban en guerras civiles.

Por: Sabina Berman